No todo es educable. Tampoco todo se puede transformar por la terapéutica, sea esta farmacológica, quirúrgica o psicológica. Para determinar si un pensamiento, o una conducta, puede modificarse es necesario saber si provoca en el sujeto un malestar interior o solo teme las consecuencias que pueden llegarle desde el exterior. Esto tiene que ver con el proceso de constitución de la conciencia moral. El sentimiento de culpabilidad no es un punto de partida en la evolución del niño. Inicialmente solo renunciamos a los goces inadecuados en presencia de quien los prohíbe. Posteriormente interiorizamos la prohibición y nos hacemos vigilar y juzgar por nosotros mismos. A partir de ese momento, la culpabilidad nos acecha si pensamos o hacemos algo que juzgamos inadecuado. La culpabilidad es el factor que permite vivir una conducta, o un pensamiento, como un síntoma que genera sufrimiento y posibilita demandar un tratamiento con una autentica implicación ética por parte de quien lo padece.

Acabo de mencionar que podemos sentirnos culpables tanto de un acto como de un pensamiento. Pero no es lo mismo actuar que pensar. Esta es en realidad la diferencia entre pedofilia y pederastia, aunque se suelen presentar como equivalentes. Esta equivalencia está incluso presente, de algún modo, en las clasificaciones diagnósticas de los trastornos mentales. En el DSM-5, por ejemplo, el trastorno de pedofilia caracteriza tanto a quien abusa de menores como a quien siente deseos y tiene fantasías sexuales, con niños o niñas, que le provocan excitación sexual y le generan malestar. Pero son posiciones diferentes. Cuando se trata de pederastia se realiza el abuso sexual, y en los casos de pedofilia las fantasías y deseos pueden causar un malestar interno y no desembocar forzosamente en un acto de abuso. En realidad, esta es la diferencia entre perversión y neurosis.

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